martes, 25 de noviembre de 2014

Nadie por encima de nadie

Ana. 38 años. Licenciada en Economía, trabaja para una empresa mediana cuya producción no traspasa las fronteras de Andalucía. Es una mujer normal, no hay nada que destacar de ella, pues no ha conseguido ningún nobel de Economía, no ha recibido grandes premios, no es una gran deportista. Nada salvo que es mujer, madre de dos hijos y casada. Llevaba una vida feliz. O al menos eso pensaban todos.

Era noviembre. Aunque aún no había llegado el invierno, la noche caía antes y el frío empezaba a calar los huesos de quien anduviera por las calles de algún rincón de Sevilla. Ana caminaba hacia el coche. Había estado visitando a sus padres tras una dura jornada de trabajo. Como buena hija, Ana también se dedica a cuidar de sus padres, pues padecen enfermedades que los hacen cada vez más dependientes de alguien. 

Abre la puerta. Se monta en el coche. Introduce la llave en el contacto y arranca el motor. Ana emprendió el camino a casa. Todavía le esperaba una tarde-noche de órdago. Preparar la cena, ayudar a sus hijos a ducharse, lavar dos cacharros del fregadero, planchar, planificar el día siguiente, etc. Ana no para. Sin desviar la mirada de la carretera, va pensando en todas estas tareas cuando, de repente, suena su móvil. Ana mira de reojo: Cariño.

Ana sigue conduciendo. Sabe que de haber cogido el teléfono se hubiera expuesto a una sanción grave. Pero el nerviosismo la inquieta. Comienza a sentirse incómoda. 

"Por fin llegué", pensó. Aparcó y cerró el coche y se dispuso a andar hacia su bloque. A Ana le temblaban las piernas. No sabía por qué, pero no se encontraba bien; se olía algo raro. Metió la llave en la ranura de la cerradura de la puerta de su piso y, fingiendo una sonrisa, abrió. Sus hijos se abalanzaron a ella muy alegremente. Su marido permaneció inmóvil en el salón. El rostro de Ana cambió por completo al ver el de su marido, quien mandó a sus hijos directamente a sus habitaciones.

"Maldito sea el momento en que no cogí el móvil", dijo Ana para sus adentros. Carlos, su marido, comenzó a pedirle explicaciones: "¿Por qué has llegado a esta hora?""¿Por qué no me has respondido la llamada?""¿Te parece bonito que tu marido se quede sin cenar por tu culpa?". 

Ana prefirió pasar. Sin embargo, el pasotismo de Ana sólo fue gasolina para la mecha de Carlos. Se acercó a Ana en tono amenazante, con gestos cada vez más exaltados. Los labios de Carlos empezaron a proferir insultos a escasos centímetros de la cara de Ana. Su aliento olía a alcohol. Ginebra Larios, para concretar.

"Inútil". "Asquerosa". "Puta". "Mantenida". "Vividora". "Guarra". Carlos recitaba el diccionario de los insultos casi de memoria. Ana se limitaba a responder "déjame". Carlos comenzó a darle pequeños empujones por el hombro. Ana seguía sin responder a las provocaciones y giró la cara para no tener que oler ese maldito aroma seco de la ginebra. A cambio, las gruesas manos de Carlos la agarraron por el cuello obligándola a mirarle a los ojos.

Ana cerró los ojos en una mezcla difusa de rabia e indignación y dolor. Sólo sabía agitar las manos de arriba abajo. Carlos la soltó de un empujón que hizo que Ana cayera al suelo. Lloraba desconsoladamente mientras seguía recibiendo insultos de Carlos: "eres mi mujer, zorra. Soy tu dueño y me tienes que respetar", "cuando yo llego de trabajar para mantenerte me gusta tener la cena encima de la mesa".

Carlos la cogió de la camisa que vestía Ana y comenzaron a sucederse los puñetazos y los golpes. Los hijos ya llevaban un buen rato contemplando la escena desde la ranura de la puerta entreabierta de la habitación en la que se encontraban. Se apartaron y se arrinconaron en el cuarto. Sólo podían acurrucarse el uno al otro mientras escuchaban los sollozos de su madre.


Ana continuó recibiendo golpes. En un pequeño e improvisado descanso, Ana sólo acertó a mirarse en un espejo que había en el salón. Por lo poco que se vio reflejada y las manchas que iba dejando en el suelo, comprendió que tenía la cara ensangrentada. Mientras intentaba recomponer la realidad en cuestión de segundos, vio reflejada en el cristal la sombra de Carlos. Ana adoptó rápidamente una postura fetal, lo que la salvó del brutal golpe que le propinó Carlos. 

Casi milagrosamente, la Policía llegó en unos minutos. Una vecina del bloque, al escuchar los gritos y los golpes, decidió llamar inmediatamente al servicio de emergencias. Afortunadamente, Ana puede contarlo hoy.

Ana es una de las supervivientes de la Violencia de Género. Por desgracia, en lo que llevamos de año, han muerto 45 mujeres a manos de sus parejas (en el 68'9% de los casos) o ex-parejas (31'1%), según fuentes del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad. Tan solo 14 mujeres interpusieron denuncia previa, aunque la Justicia funciona lenta con la Violencia de Género.

Hoy, 25 de noviembre, celebramos el Día Internacional contra la Violencia de Género. La ONU, mediante la resolución 54/134, de 17 de diciembre de 1999, estableció este maldito día. Y digo maldito porque me chirrían los oídos cuando oigo que otra mujer ha sido asesinada; digo maldito porque me resulta indignante que en pleno siglo XXI aún tengamos que necesitar un día para reivindicar lo que es consustancial al género humano: la igualdad.

Es inaceptable que tuviésemos que esperar a diciembre de 2004 para que España conociera su primera Ley contra la Violencia de Género, aprobada por el Gobierno de Zapatero. Si bien es cierto, es una ley que ha marcado un antes y un después en la lucha contra la Violencia de Género y que reconoce que esta es fruto de un problema de desigualdad estructural de nuestra sociedad.

Ojalá la sociedad cambie lo suficiente como para erradicar este día de nuestros calendarios. Ojalá la sociedad algún día entienda que hombre y mujer son válidos para muchas cosas y que deben complementarse. Ojalá la sociedad comprenda de una vez por todas que ni hombre ni mujer pueden ir solos por la vida. Ojalá el mundo cambie y grite: "¡basta ya, porque nadie es más que nadie!". 


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